Cuando Chávez no tenía poder

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Pocos años después de que Zarita Abello de Bonilla se posesionara como directora del Museo Bolivariano, cuya sede en Santa Marta queda dentro de la Quinta de san Pedro Alejandrino, se percató de que, puntualmente cada 17 de diciembre (aniversario de la muerte de Simón Bolívar), un hombre de acento venezolano y marcado fenotipo caribeño visitaba, ofrenda floral en mano, la que fue la última morada del Libertador.

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Debido a la gran afluencia de venezolanos que cada año visitan la Quinta (“La mayoría incluso llora frente a la habitación donde murió Bolívar”, me contaría luego su directora), Zarita, así como los empleados bajo su nómina, se acostumbró a sus visitas sin preocuparse nunca por conocer su nombre.

El 4 de febrero de 1992 Abello se sorprendió al encontrar ese mismo rostro en los telenoticieros nacionales informando sobre su intento de golpe de Estado en el vecino país. “A mí me extrañó muchísimo porque él siempre fue un hombre muy amable, deferente y pacífico”. La cosa quedó así hasta cierta mañana, dos años después, cuando recibió una llamada del general al mando de la Primera División informando que el golpista venezolano había salido de la cárcel y tenía intenciones de visitar la Quinta de Bolívar.

“Eso fue el 17 de diciembre de 1994 ‒afirma esta mujer de piel blanca y pecosa, profundos ojos negros y cabellos rectos peinados a la derecha‒. Chávez venía, con una gente de izquierda, a agradecerle a Bolívar porque lo habían soltado” (según cuentan algunos empleados de la Quinta, tal parece que “Chávez, al igual que muchos de sus paisanos, tenía por costumbre esconder en los troncos de los árboles de san Pedro Alejandrino cartas petitorias dirigidas al gran Héroe”. Este gesto, al estilo de los católicos que veneran a los santos de su imaginario o al de quienes envían a Verona cartas dirigidas a Julieta buscando su consejo en el amor, confirma la deificación de tiempo atrás de la figura del Libertador en cabeza del presidente venezolano).

habitacion-del-libertador-simon-bolivar-quinta-de-san-pedro-alejandrinoEl dato exacto informándole sobre la visita de Chávez en 1994 Zarita Abello lo conoció por una llamada que le hiciera Oswaldo Pérez, rector de la universidad de Magdalena. La directora de la Quinta le aconsejó ir en otra fecha pues para esa, por ser el aniversario de la muerte de Bolívar, había una agenda programada con varios días de antelación.

Cuando el general colombiano se enteró de esto último hizo como si pudiera dar órdenes fuera de su institución, llamando de nuevo a Abello con palabras prohibitorias. Ella, mujer de la cultura respetuosa de las ideas ajenas, contestó que no podía prohibir la entrada a la Quinta a alguien que llegara en son de paz. “Me da mucha pena, mi general, pero en el museo mando yo”, dicen en Santa Marta que ella le dijo.

El día de la visita, ni el ejército ni el DAS se quedaron quietos, mandando vigilancia extramuros. “Chávez llegó en compañía de unos quince amigos, todos samarios. Vestía un liquiliqui verde oliva y estaba flaquísimo”, recuerda Zarita Abello. Luego de saludarla con la misma cortesía de siempre, le pidió permiso para decir unas palabras ante unos cincuenta turistas que lo rodearon. Zarita, por afinidad Caribe o por mera educación, lo complació disponiendo para él un atril con micrófono. Eran las once de la mañana y la brisa decembrina levantaba todas las faldas. Ante la inclemencia del sol, Zarita sorteó su fama de buena anfitriona brindando jugo de melón a quienes escuchaban al coronel. “Todo lo que dijo, expresado con mucho sentimiento, fueron elogios a Bolívar”, me aseguró detrás de sus grandes gafas de colores atigrados que resaltan la icónica X de Paloma Picasso.

Pasó el tiempo y, como la vida da tantas vueltas, Chávez ganó la presidencia del país vecino. Volvió a la Quinta, elegido pero no posesionado, siendo Andrés Pastrana nuestro gobernante. En algún momento de la reunión, Chávez sonrió y dijo al oído de Pastrana –pero cuidándose de confirmar que el micrófono estaba abierto-: “¿Sabes que a Zarita intentaron prohibirle mi entrada a este lugar los mismos generales que ahora nos rodean?”. Zarita se erizó: pensaba que él no estaba al tanto de aquello.

Desde entonces Chávez y Abello sellaron una amistad que llevó al presidente a ofrecerle al museo -cuyo espacio, a pesar de que territorialmente se localiza en Colombia, es patrimonio de los seis países bolivarianos-, “lo que necesitara”. Sucedió en mejores tiempos para las relaciones entre ambos países. Pastrana no exigía el protagonismo de su sucesor en la Casa de Nariño, por lo que supo esquivar con diplomacia a su colega venezolano. Esa buena amistad entre Colombia y Venezuela llevó a Zarita a trasladar la oferta del entrante presidente venezolano a la junta directiva del Museo Bolivariano, donde se decidió la necesidad de construir un auditorio, como dirían los jóvenes, “con todos los juguetes”, esto es, además de la construcción de un salón con aforo para setecientas personas, silletería de cuero, buena acústica, el mejor sonido, traducción simultánea, sala de internet, etc.

¿El costo de la donación? Dos millones de dólares, de los cuales hace cuatro años Venezuela entregó el cincuenta por ciento. Tan pronto llegó el dinero se inició la construcción que condujo alampliacion-museo-quinta-de-san-pedro-alejandrino edificio que se aprecia en la fotografía. Pero de repente la obra fue paralizada. ¿La causa? Los continuos pleitos del presidente Uribe Vélez –con razón o sin ella- exigieron un rompimiento en las relaciones con Venezuela y llevaron a Chávez a incumplir su promesa. Es de resaltar que, tal cual lo asegura Zarita Abello, “Gaviria, Samper y Pastrana fueron muy generosos con el museo”… ¿Y Uribe?

En la costa Caribe se extiende un rumor entre personas de la cultura que afirma que Uribe, en su afán por minar de odio al país en contra de sus adversarios sabiendo que por esa vía ganaba en popularidad, pidió a Zarita Abello, por intermedio de su Ministra de Cultura, no recibir el dinero de la donación (algunos afirman que se lo “prohibió”, olvidando que el Museo no es un ente estatal). La pregunta, por tanto, es obligada. Sentado en el sobrio despacho de la dirección del museo, decorado con muebles de madera clásicos, serigrafías del maestro Grau y bustos de Bolívar por doquier, quise saber si era cierta la existencia de ese documento. Zarita Abello, que se caracteriza por la diplomacia del silencio, me miró con cierta picardía antes de evadirme la respuesta cambiando radicalmente de tema.

Lo cierto es que algunas personas (el rumor insiste en que se trató de funcionarios cercanos al anterior gobierno) intentaron entonces estigmatizar el trabajo que desde hace veinticinco años viene desarrollando exitosamente su directora regando la bola de que la Quinta de san Pedro dependía de Chávez. Las matemáticas, que son exactas, informan que este lugar es visitado anualmente por unas ciento sesenta mil personas que pagan en promedio una boleta de acceso de ocho mil pesos (estudiantes de colegios distritales, policías y miembros del ejército activos entran gratis). A ello se suma el arriendo por cinco millones de pesos de algunos espacios para la realización de eventos tipo congresos, matrimonios y desfiles de moda. Este dinero es utilizado en mantenimiento y jardinería (poda, fumigaciones, etc).

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