Cuando informar deja de ser periodismo

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Vivimos en una época en la que nunca antes había existido tanta información al alcance de la ciudadanía. Paradójicamente, también es uno de los momentos en los que resulta más difícil distinguir qué es verdad, qué es opinión y qué es simple desinformación.

Las redes sociales democratizaron la posibilidad de comunicar. Hoy cualquier persona puede crear una página, abrir un perfil o transmitir en vivo desde un teléfono celular. Este avance ha permitido que muchas voces encuentren espacios de expresión; sin embargo, también ha generado un fenómeno preocupante: la proliferación de páginas y perfiles digitales que se presentan como medios de comunicación sin ejercer realmente el periodismo.

Informar va mucho más allá de publicar un video o compartir una fotografía. El periodismo implica investigar, contrastar fuentes, verificar datos, contextualizar los hechos y asumir la responsabilidad ética de aquello que se publica. Sin estos principios, no existe periodismo; existe contenido.

La diferencia puede parecer sutil, pero sus consecuencias son profundas. Mientras un periodista tiene el deber de comprobar la información antes de difundirla, muchos administradores de páginas digitales priorizan la inmediatez, el impacto y el número de reproducciones. El objetivo deja de ser informar para convertirse en obtener clics, seguidores o ingresos derivados del tráfico en las plataformas digitales.

Esta lógica favorece los titulares exagerados, las publicaciones fuera de contexto y la difusión de rumores que, una vez viralizados, resultan difíciles de desmentir. El escándalo suele generar más interacción que la investigación, y la polémica termina desplazando al rigor.

A ello se suma otra realidad: con frecuencia se confunden conceptos que son completamente distintos. La opinión personal se presenta como si fuera un hecho comprobado; la publicidad se disfraza de noticia; la propaganda política se difunde como información objetiva; y la desinformación encuentra un terreno fértil para expandirse sin ningún tipo de control editorial.

El problema no radica en la existencia de creadores de contenido. Muchos realizan un trabajo valioso dentro de sus propios formatos. La dificultad aparece cuando se pretende equiparar cualquier publicación digital con el ejercicio periodístico, desconociendo la preparación, la ética y la responsabilidad social que exige esta profesión.

No todo creador de contenido es periodista, como tampoco toda publicación constituye una noticia. El periodismo no se define por la plataforma desde la cual se comunica, sino por la forma en que obtiene, verifica y presenta la información.

Las consecuencias ya son visibles. Cada vez más ciudadanos encuentran dificultades para diferenciar entre una noticia, una opinión, una estrategia publicitaria o una campaña de desinformación. Esta confusión debilita la confianza en los medios de comunicación y afecta directamente la calidad del debate público.

En una democracia, la información verificada no es un lujo; es una necesidad. Una sociedad que toma decisiones basada en rumores o contenidos manipulados pierde la capacidad de analizar críticamente la realidad y se vuelve más vulnerable frente a la mentira y la polarización.

El periodismo seguirá siendo indispensable mientras existan periodistas comprometidos con la verdad, la verificación y el interés público. La tecnología cambió la manera de informar, pero no los principios que sostienen esta profesión. El verdadero reto no es competir por quién publica primero, sino demostrar, cada día, por qué el periodismo responsable sigue siendo la mejor herramienta para que la sociedad comprenda la realidad y pueda tomar decisiones con fundamento.

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