

En la era de las plataformas digitales, el debate público ya no ocurre únicamente en redacciones, parlamentos o plazas. Hoy, millones de personas se informan, o creen hacerlo, a través de transmisiones en vivo, clips virales y contenidos diseñados para captar atención en segundos. En este nuevo ecosistema, figuras como Westcol se posicionan como intermediarios entre el poder y la ciudadanía, incluso entrevistando a líderes como el presidente Gustavo Petro en espacios que superan el millón de espectadores en tiempo real.
El fenómeno no es aislado ni exclusivo de Colombia. En distintas partes del mundo, el crecimiento de creadores de contenido con alta influencia ha redefinido las dinámicas de comunicación política. Casos como el de Donald Trump, quien convirtió las redes sociales en su principal canal de conexión con votantes, o el de Volodímir Zelenski, que pasó de la televisión al liderazgo político, evidencian que la relación entre entretenimiento y poder no es nueva, pero sí cada vez más directa y masiva.
La entrevista realizada por Westcol abre un debate necesario. Surge una pregunta de fondo sobre si un creador de contenido sin formación académica en periodismo y con antecedentes polémicos puede asumir un rol que históricamente ha estado ligado a la rigurosidad, la verificación y la ética informativa. La respuesta no es simple. Los datos muestran una realidad clara. Las audiencias están migrando. Los jóvenes consumen cada vez más contenido en plataformas digitales que en medios tradicionales, y desconocer este cambio sería ignorar la transformación del consumo informativo.
Sin embargo, la influencia no equivale automáticamente a responsabilidad informativa. El periodismo, más allá de títulos, implica método, verificación rigurosa de los hechos, contraste de fuentes, contextualización, independencia y la capacidad de cuestionar el poder con criterio y ética. Informar no es entretener. Informar exige responsabilidad con la verdad, claridad para explicar lo complejo y compromiso con el interés público por encima de la audiencia o la popularidad. Cuando estos principios se diluyen en formatos centrados en el entretenimiento, el riesgo no es menor. La información pierde profundidad, se simplifica en exceso, se desdibuja el análisis y termina convertida en espectáculo, dejando a la ciudadanía con percepciones parciales en lugar de comprensión real.
Esto no significa deslegitimar a los nuevos actores digitales. Su capacidad de convocatoria representa una oportunidad para acercar los temas políticos a públicos históricamente desinteresados. No obstante, también plantea desafíos importantes. Cuando la conversación pública se rige por la popularidad y no por la calidad, el debate se simplifica y se debilita.
En contextos electorales, este fenómeno adquiere una dimensión aún más delicada. La visibilidad influye en la percepción de los candidatos y los espacios digitales pueden convertirse en plataformas de posicionamiento sin los filtros que tradicionalmente garantizan equilibrio y verificación. La historia reciente demuestra que el poder de las redes puede moldear decisiones colectivas y amplificar narrativas sin el debido sustento.
Por ello, el centro del debate no debe enfocarse en quién comunica, sino en cómo se comunica y bajo qué estándares. El periodismo sigue siendo esencial porque aporta profundidad, contexto y verificación en medio de un entorno saturado de información.
La responsabilidad final recae en las audiencias. Una sociedad informada no es la que consume más contenido, sino la que sabe distinguir entre información rigurosa y contenido superficial. La capacidad crítica no es opcional. Es la única herramienta que permite diferenciar entre el trabajo profesional de un periodista y el de quien, aunque tenga alcance, no garantiza verdad ni responsabilidad.
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